Imagino que este post levantará ampollas entre los de siempre, pero qué le vamos a hacer. Hace dos días, una de las lectoras de mi blog me pedía que comentara una noticias leída en La Voz de Galicia, que hablaba de una reunión mantenida entre representantes de la Asociación de Escritores en Lingua Galega y de la Diputación Lucense, tras la cual el organismo público se comprometía a prestar respaldo"institucional e económico" a una asociación que representa a quienes emplean el gallego como vehículo de expresión. No asistí, es obvio, a esa reunión, y no sé de qué se habló ni en qué términos se fijó lo del dichoso respaldo. Si a eso unimos que conozco personalmente - y aprecio intelectualmente - a dos de los escritores presentes en la "xuntanza", la lectora entenderá que quiera aclarar que las siguientes líneas no van referidas al objeto de esta reunión en particular, ni a los proyectos de una Asociación a quien deseo toda la suerte del mundo, sino al tan traído y llevado tema de las ayudas institucionales a la cultura.
A nadie que me conozca un poco se lo oculta lo que opino de la cultura subvencionada: que suele desembocar en mediocridad y pesebrismo. En concreto, la literatura que necesita de protección pública tiene más bien poco futuro. La lectora que me enviaba este post me preguntaba si personas como yo no podíamos "parar esto". Pues, amiga, me temo que no. Primero, porque la cosa no empieza ayer, ni se inaugura con el binomio Touriño - Quintana. En nuestra tierra gallega, el proteccionismo cultural lo inventó el señor Perez Varela, que estaba convencido de que dando subvenciones y regalías a los abaixofirmantes iba a tenerlos contentos. Claro que don Jesús también se creía que Carmina Burana era una gran cantante de ópera. Pero ni la señora Burana era una diva del Bel Canto, ni los subvencionados iban a conformarse con unas cuantas becas y miles de libros en gallego pudriéndose en los almacenes de San Caetano.
Que Pérez Varela es un simple está más claro que el agua, y el pobre aún no se explica que los artistas galegos le liasen la del Nunca Mais, con lo bien que los trataba a todos el PP . La verdad es que hasta tiene gracia imaginar al exconselleiro lamentanto lo que él debe considerar traición e ingratitud. Sería interesante, en algunos casos hasta emotivo,cuantificar lo que recibieron entonces de la consellería de cultura del PP algunos de esos que me llaman a mí "feixista" por renegar públicamente del nacionalismo exacerbado, de la galleguidad excluyente, del patrioterismo de romería que pretende levantar una frontera máis aló de Pedrafita. Unos somos feixistas, y otros, que son progres y enrollados, viven de las arcas públicas desde la era de don Manuel, quien - a pesar de ser tan malísimo - trataba estupendamente bien a los intelectuales nacionalistas.
Yo jamás he obtenido ayudas oficiales, ni de éste ni de otros gobiernos, y no lo lamento en absoluto. Nunca se me denegó una beca, porque nunca la solicité, de la misma forma que nunca se me denegó una compra de libros. Mi relación profesional con la Xunta se reduce a la redacción de un proyecto de fomento de la lectura que se me solicitó oficialmente (y que, como no se llevó a cabo,ni siquiera cobré), y la participación en un viaje marítimo para promocionar el Xacobeo, cosa que hice de muy buen grado . Ahí empieza y acaba todo. A los que una vez me acusaron de resentimiento, poco resentida puede estar la persona a la que nunca se ha dicho que no. Si yo denuncio actitudes vergonzantes, si señalo con el dedo, es simplemente porque me asquean determinados comportamientos con el dinero público, y no porque quiera subirme a un carro que he dejado pasar de largo muchas veces, con la satisfacción del que ha aprendido a apañárselas por su cuenta.
Una vez dije que uno de los grandes problemas de la literatura en gallego - no de la literatura gallega - es que hay demasiados autores que venden más libros en los despachos de la Xunta que en las librerías. Eso no puede ser bueno. Ni para la literatura, ni para los cuartos de todos. De los presupuestos salen cada año cientos de miles de euros destinados a la compra de libros escritos en gallego normativo, alguno de los cuales son verdaderos bodrios que nunca hubiesen sido editados de no contar, de entrada, con una ayuda oficial. Ahora vendrá alguien a decir que también la editoriales publican libros malos en castellano, y es una verdad como un templo. La cuestión es que en este caso los dineros los pierde un señor particular. Si Planeta publica un libro que es una birria y no vende una escoba, palma la pasta el señor Lara. Si una editorial creada a tal efecto hace lo mismo con un libro escrito en gallego, la pasta la ponemos usted y yo.
Recuerdo la cara que se le quedó a mi amigo Rafael Reig cuando le conté que, por ley, la Xunta estaba obligada a comprar varios cientos de ejemplares del libro que relataba la fascinante biografía de la gallega de Cancún. "Venga, no fastidies. ¿Cómo van a hacer semejante majadería?" "Que sí, Reig. Que tú escribes un poemario sobre el bigote de las ranas, y si lo escribes en gallego normativo, la Xunta te compra unos cuantos". Rafael alucinaba. "Oye, pues ahí hay negocio". Y tanto que hay negocio, Rafael. Aunque, por fortuna, ni tú ni yo nos vamos a meter en ese berenjenal. Porque el día en que a mí me compre más libros un conselleiro que los lectores, yo me corto la coleta y me dedico a otra cosa. Porque soy escritora, no un mercader fenicio que lo mismo vende novelas que aceite de ricino. Porque los libros que yo escribo están hechos para que alguien los lea, no para que un director general los mande a morirse de risa a un sótano lleno de humedades.
Pregunta la lectora si podemos parar esto. Con toda la pena del mundo, tengo que contestarle que no. Y que el que intente hacerlo será insultado, vapuleado, difamado y defenestrado por aquellos que no conocen más libertad que la suya y más respeto a la cultura que el que les vale para calentar el puchero. La nave lleva tanto tiempo navegando por aguas podridas, que es posible que ni siquiera sepa hacerlo en un medio distinto.
El problema vendrá con las vacas flacas. El problema vendrá cuando se cierre definitivamente el grifo, y el "respaldo institucional e económico " se vaya a hacer puñetas por falta de presupuesto. Entonces nos daremos cuenta de que se ha creado un tejido cultural sin sustancia propia, regido por la cosa pública, ajeno al mercado y al arte con mayúsculas. Un sistema incapaz de sobrevivir por sí mismo y al margen de las ayudas oficiales. Un sistema cautivo del que ocupa el poder. Y, qué quieren que les diga, no se me ocurre una manera más triste de pervertir la cultura que la de convertirla en un pesebre. Y no precisamente en el del portal de Belén.
¿Parar esto? No. Podemos advertirlo, denunciarlo, hablar de ello, y hacer que otros hablen. Eso es todo. Y démonos con un canto en los dientes.