... de cualquier cosa, de hecho, excepto del tema de la invasión linguística, la longa noite de pedra, el pobre asoballado por el señorito de ciudad... hay tantas otras cosas en el mundo / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar... (Borges dixit). Pues sí, aunque quedan colgadas en mi blog, para una próxima edición de la antología del disparate, unos cuantos aforismos de gran calado sociológico e intelectual. Reconozco mi debilidad por las declaraciones de uno (no recuerdo la firma) que dice que vive en Estados Unidos, y que allí sólo hablan en castellano los friegaplatos y los albañiles, y que a él lo que le vino bien en la patria de los Bush fue hablar gallego, porque como se parece mucho al portugués le daban trabajo en oficinas donde era indispensable el conocimiento del idioma de Pessoa. Resumiendo, que en USA el castellano sólo sirve para hablar con los pobre, y que es mucho más útil manejarse en galaico - portugués, porque ya sabemos todos que las clases dirigentes americanas provienen de Brasil y Portugal, al margen de los que llegan de Guinea - Bissau. A ver, que yo también tengo mis contactillos en tierras americanas: en estados Unidos, el que es listo de verdad acaba siempre bien colocado, así hable en swahili. Y lo de la utilidad de los idiomas es algo bastante relativo. No voy a negar que para algunos ha sido utilísimo manejarse bien en gallego, a ver si no de qué iban a publicar determinados bodrios o estrenar bajo la cuerda pesebrera de la subvención determinadas obras de teatro. Por eso cada cual habla de la feria como le va en ella. Y vuelvo a decir, para los duros de mollera, que no odio la cultura gallega, pero tengo derecho a manifestar mi preocupación por la metamorfosis que está sufriendo desde que, ya años ha, Manuel Fraga y su fiel escudero, Jesús Pérez Varela, intentaran - con mucho éxito, como se vio - tapar la boca de algunos pseudointelectuales a golpe y porrazo de ayuda oficial. Se pusieron así los cimientos de una cultura artificial, que necesita desesperadamente de las ayudas de la administración para seguir subsisitiendo. Y eso, pique a quien pique, no es "la cultura gallega", sino un chollo para un puñado de mediocres que serían incapaces de vivir sólo de su trabajo y su talento, y necesitan de la inyección de las arcas públicas para tirar para adelante. Y como resulta que a esas arcas públicas yo también contribuyo pagando religiosamente mis impuestos, tengo todo el derecho a meterme con el funcionamiento de la máquina, y más desde un blog que mantengo yo.
Esa cultura gallega que supuestamente quiero cercenar tiene más años que la orilla del mar. Cultura gallega es Rosalía, y es Valle Inclán, y el Mariscal Pardo de Cela, y la muiñeira de Chantada, y los poemas de Pondal, y los personajes de la Pardo Bazán, y el territorio mítico de Castroforte del Baralla, y una noche de estrellas en el Cebreiro, y las zamburiñas, y el olor de las xestas, y un concierto de Carlos Núñez, y una canción de Luz Casal, y toda la mala leche de Camilo José Cela, y los pazos de Ulloa, y los jardines de camelias, y los escritos de Paio Gomez Charinho, y las cantigas de escarnio e mal dicer, y la lluvia en Santiago, y el pórtico de la gloria,
y doña Inés de Castro, que le birló el marido a una reina. Cultura gallega es la plaza del Obradoiro, y los cuentos de aparecidos de Ánxel Fole, y las navajas, y la niebla alrededor de la Isla de La Toja, y los urogallos de los Ancares, y Cristina Pato echándose una gaita al hombro, y cada palabra que escribió Murguía, y el himno que casi todo el mundo canta entre dientes hasta que se llega a aquello de "Fogar de Breogán", y los torques celtas, y la playa de Riazor, el Dépor y el Celta, el pulpo á feira, las fiestas de San Froilán, las romerías del Naseiro y del San Roque, las olas preñadoras de A Lanzada, los muertos de San Andrés de Teixido, las mouras, las meigas, la santa compaña, cualquier poema de Luisa Castro, todas las novelas de Ramón Pernas, Lola Beccaría, Blanca Riestra, Alfredo Conde, Susana Fortes, Marina Mayoral y de una servidora. Cultura gallega es la rapa das bestas y los primeros compases de "Non chores, Sabeliña", las casonas de los indianos, las cartas y los cuartos que mandaban los emigrantes desde el otro lado del mundo, la cerámica de Sargadelos, a lingua das mariposas, a herba moura y trece badaladas o las que hagan falta. Cultura galega es unha noite na eira do trigo, y la rianxeira, y un sol de carallo, y las tartas de Santiago y de Mondoñedo, la muralla de Lugo, las Burgas, y el edificio del Ayuntamiento de La Coruña. Es el faro de Finisterre, y el albariño, y las viñas de la Ribeira Sacra, y las chaquetas de Roberto Verino y los trajes de Antonio Pernas y las camisas de Adolfo Domínguez. Es el sistema de sitribución de Inditex, el ruido del pandeiro, el azabache bordado en los trajes regionales, las vieras al horno o no, cada una de las rocas de la Costa da Morte, la lucidez eterna de Isaac Díaz Pardo, la actividad filantrópica de Rosalía Mera, la fundación Barrié, los catamaranes que cruzan el cañón del Sil, el ciclista que ganó el Tour de Francia meses después de entrar en París, Amancio y Darío Villanueva, Xesús Alonso Montero, Carlos Casares y el santuario de Vilar de Donas.
Hay más cosas, pero ya las incorporaré a la lista. Todas tienen algo en común: si un día llegaran las vacas flacas, si se cerrasen los generosos grifos de las subvenciones, esas cosas seguirían existiendo. Y con esto, al menos de momento, se zanja la cuestión.