Muchos días sin dar señales de vida. Muchas idas y venidas, muchos viajes. El lunes, todo el día en Londres para entrevistar a Ellen Pompeo, la lánguida protagonista de "Anatomía de Grey". Mi entrevista fue una de las primeras, así que a las doce de la mañana había terminado y tenía todo el día para mí. Pasé dos horas muy felices en la National Gallery, viendo cuadros que ya conocía y descubriendo otros que había ignorado en mis primeras visitas.
En el avión de regreso a Madrid leo "Delicioso suicidio en grupo", de Paasilina.Me rio sola varias veces. Mi vecino de asiento me presta su periódico, y puedo seguir así los pormenores de las protestas sobre la ley del cine. En las salas no quieren que se les impongan cuotas de exhibición, y no m extraña. Digan lo que diga, el cine es un negocio, y la gente que está en el ajo es para ganar dinero, lo cual me parece muy legítimo. Pero eso quiere decir que también el cine debería regirse por las leyes del mercado. Dura lex, sed lex. Si un tipo no es capaz de hacer una película rentable, que no la haga. Y si un señor, por mucho que sea de Cuenca, de Lugo o de Calatayud, filma un bodrio infumable, no veo por qué hay que obligar a una sala a que lo programe, ni por qué yo voy a tener la obligación moral o patriótica de gastarme los cuartos - y el tiempo - en ir a verlo.
La gente del cine se queja de que tiene que lidiar con las todopoderosas productoras americanas. Pues también los escritores españoles tenemos que lidiar con Dan Brown, J.K. Rowling, Michael Crichton y John Le Carre y no estamos todo el día dando la matraca. ¿Alguien se imagina que, por ley, las librerías tuviesen que guardar un lugar en la mesa de novedades para los libros en español? ¿Que las listas de libros más vendidos reservasen por narices el 25% de los puestos de privilegio para novelas españolas, aunque no vendiesen una escoba?
El año pasado "En tiempo de prodigios" estuvo dos semanas seguidas entre la lista de libros más vendidos. A la tercera semana se cayó, y mi agente me explicó que acababa de aparecer la traducción de "Viajes por el scriptorium", de Auster, que había desplazado a la mía de la lista de marras. Superado el subidón por haber tenido siquiera un mínimo contacto con Paul Auster - una vez tropecé por la calle con Liam Neeson y también me sentí muy orgullosa - no se me ocurrió protestar porque un maldito yanqui hubiese apartado mi libro de su puesto en la lista de honor de los diez libros mejor recibidos.
Anda que lo ha hecho bien la ministra con la famosa Ley del Cine. Tiene a los distribuidores rebotados, a los exhibidores rebotados, a los de las teles echando chispas porque van a tener que gastarse los cuartos, y ahora también protestan los actores, que reclaman lo de siempre. Ayudas, ayudas, ayudas. Ayudas que pago yo, y el otro y el de la moto. Ya que la gente es remisa a ver cine español - ¿por qué será? - que al menos sus impuestos sirven para sostener algunas perlas de producción propia.