miércoles 14 de mayo de 2008

La primera vez que vi París (II): el pato 1067975

Cuando era muy pequeña leí en un libro: "París! ¡Hasta el aire huele bien!". Así que llevaba muchos años preguntándome a que huele el aire de París. Todas las ciudades tienen un olor, así que ¿cuál sería el olor parisino? ¿y el sabor de París? No sé por qué me imaginaba aroma de flores, quizá el olor fresco y frágil de la hierba en las cercanías de los parques, o el inconfundible olor a humedad que a la fuerza tiene que subir desde las márgenes del Sena. Pues nada de eso: París huele a mantequilla derretida, y a café con leche. Nada mejor para alguien como yo, que soy una golosa incorregible. Y algo peor: una constante y consciente víctima del pecado de la gula. Por eso mis tres días en París fueron un festival de sabores y de olores.

Loscaprichos gastronómicos son el único lujo asequible en una ciudad donde todo es muy caro. Uno tiene que contentarse con aplastar la nariz ante los escaparates lujuriosos de la Avenida Montaigne, pero cualquiera puede entrar en una "boulangerie" y comprar un generoso"brioche au chocolat" por un euro y medio. O gastar tres euros en "macarrons" de vainilla. O pagar poco más de un euro por un croissant reluciente y ligero como el aire. Los restaurantes de Ópera ofrecen exquisitos menús de tres platos por veintidós euros: caracoles, magret a la naranja y creme brulè, y los más modestos bistrots del barrio latino sirven especialidades francesas exquisitamente cocinadas por quince euros. En París, la gastronomía es el consuelo del turista modesto y la última tentación del viajero acomodado, que puedo recorrer las tiendas tentadores de la plaza Madeleine y llenar las bolsas con productos delicatessen de Fauchon o Hediard. Allí una sencilla caja de galletas (empaquetada como una joya) cuesta seis euros, pero dos calles más abajo, y por mucho menos, puede devorarse una baguette crujiente con jamón y queso camembert.

Un lujo incuestionable es tomar un cóctel en el bar Hemingwaydel hotel Ritz de la Plaza Vendome. Hacer una incursión en los bares de los hoteles de lujo es la mejor oportunidad de fisgar y disfrutar, siquiera una hora, de lugares imposibles para el viajero medio. En el Ritz ofrecen una larguísima y complicada carta de cócteles. Marcial, poco aficionado a los experimentos, pide un Tom Collins. Yo me dejoaconsejar por el barman - ¡estoy en París, y es el barman del Ritz! - y me bebo un "Veinticinco", una sabia mezcla de limón, champán y ginebra servido con una flor. Nos rodean fotos de Hemingway, que escribió uno de los libros que mejor recogen el espíritu de la ciudad tras la Guerra: "París era una fiesta". Me fijo en los retratos, y llego a la conclusión que la mirada de Hemingway parece prestada: esos ojos inocentes, indefensos, ojos de niño o de anciano, ojos cándidos, casi humildes, ojos desamparados y pequeños, no son los ojos del escritor genial, del hombre indomable que vio de cerca la muerte y de más cerca la vida. El Ritz, emblema de París, le puso a su bar el nombre de un escritor norteamericano. Al salir, me pierdo adrede por los pasillos intrincados del hotel, y me dejo rescatar por un recepcionista encantador.

Nuestro paso por París tuvo un momento a recordar para siempre: el domingo, víspera de nuestro regreso a Madrid, Marcial reservó una mesa para cenar en la Tour d´Argent, el restaurante más antiguo de París, que abrió sus puertas por primera vez en 1582. Las paredes del restaurante rezuman historia de todos cuantos han pasado por aquí. Epítome del lujo, la buena vida, el hedonismo puro y duro, el placer por el placer, el buen y el mal gusto, la Tour d´Argent es una metonimia de París. El espectáculo empieza nada más atravesar la puerta, cuando alguien se ocupa de las prendas de abrigo y un verdadero maestro de ceremonias chequea la reserva y empieza a hablar a cada uno en su idioma original. Me apuesto cualquier cosa a que aquel hombre sólo sabía decir "bienvenidos a la Tour d´Argent, ahora les acompañan a su mesa, que disfruten de la velada", pero también que es capaz de repetir la frase en veinte lenguas distintas. Luego, un ascensorista aprieta con toda ceremonia el botón que da acceso a la quinta planta, y se ve por primera vez uno de los restaurantes más hermosos del mundo, con sus inmensos ventanales sobre el Sena, las calles del Barrio Latino y la silueta de Notre Dame. Para que todo sea perfecto, nos dan una mesa que está junto a la ventana.

Todo es exquistamente lujoso, todo es de una opulencia y una ceremonia exagerada con la que sería imposible vivir a diario. Pero una vez, sólo una vez en la vida, encontrar a un maitre y a todo un ejército de camareros venidos directamente de la Belle Epoque es maravilloso y excitante. La carta de vinos estan grande como la Biblia de Guttemberg. Los aperitivos, pequeñas delicias misteriosas cuyos ingredientes se me escapan - a mí, que presumo de buen paladar y soy capaz de detectar los elementos de casi cualquier mezcla - y que engullo con una pasión que hasta me da vergüenza. El pan está caliente. La mantequilla se derrite al contacto con la miga humeante. Cuando veo que la carta que me ofrecen a mí no tiene precios - eso se reserva a la del caballero, paganini por decreto en este lugar de otro siglo - empiezo a revolverme en el asiento porque me temo lo peor. Pero Marcial me recuerda que, dadas las circunstancias, sería un pecado pensar en nada distinto que la vista bellísima sobre el Sena y el crepúsculo tras Notre Dame, cuyos arbotantes le hacern paecer el esqueleto de un animal prehistórico.

Pedimos un tournedó de foie, un vino de Burdeos que decantan ante nosotros con toda ceremonia y cuyo primer trago, tras probar el foie, pone en alerta todos los sentidos. Como plato principal hemos pedido el famoso pato a la sangre, estrella de la carta, que se sirve en dos tiempos: primero, el magret fileteado y acompañado de patatas souffle. Después, el confit. Lo como con la sensación de que nunca en mi vida volveré a probar algo así.

Mi postre es un pastel de chocolate denso y sabrosísimo. Estoy disfrutando tanto que Marcial se ríe: soy tan rematadamente golosa, tan ávida de sabores, que pienso que soy muy afortunada de no habr vivido en otra época, donde las mujeres tenían que disimular su buen apetito. Yo siempre tengo hamabre, y soy incapaz de decir que no a un bocado apetitoso. Por eso rebaño el postre mientras Marcial bebe una copa de oporto sin preguntar siquiera si me gusta el pastel: es demsaido evidente, soy demasiado poco discreta en ese sentido.

Después, el mismo camarero que podría haber servido a Oscar Wilde, nos entrga un certificado donde se hace constar queel pato que hemos comido era el número 1.067.975: empezaron a contarlos desde 1890,cuando el célebre Frederic se hizo cargo de la cocina del restaurante.

Salimos de La Tour d´Argent al filo de las doce de la noche, en medio de una temperatura veraniega, y durante un par de horas recorremos las terrazas del barrio latino y nos demoramos bebiendo ginebra, que se supone que es digestiva. Justo antes de entrar en un taxi, desde un puesto callejero de crepes vuelvo a notar un olor que se ha vuelto familiar. Huele a mantequilla. Es el olor de París.

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martes 13 de mayo de 2008

La primera vez que vi París (I): la ciudad y la gente

Llegué a París en la tarde de un viernes hecho a medida: me habían hablado de la primavera en París, pero también que en realidad es una estación que casi no existe, y que en la ciudad llueve hasta el cuarenta de mayo y puede hacer un frío pelón a mediados de junio. Pero en París la suerte me regaló no sólo un intenso cielo azul, sino también temperaturas que llegaron a rondar los treinta grados.

No había estado nunca en París, y cuando el taxi entraba por los bulevares camino de la zona de la Ópera, donde estaba nuestro hotel, empecé a preguntarme cómo he podido vivir treinta y siete años ajena a esta ciudad.

Es casi imposible hablar de París, imposible explicar la ciudad, aunque uno la entiende desde le primer momento en que pisa la calle. Es la capital del mundo en progreso, la ciudad en la que sucedieron muchas de las grandes cosas que hicieron cambiar el siglo veinte, desde el bendito invento del cinematógrafo hasta la explosión del arte moderno, la creación de las vanguardias, la nueva concepción de la moda. Es París la ciudad de las ideas, la ciudad cartesiana, la ciudad inventada teniendo en cuenta el concepto de orden urbano. La ciudad de las avenidas trazadascon tiralíneas, de los bulevares destinados a humanizar la urbe, a poner un poco de orden en el caos previsible. Es la ciudad de las pasiones, del hedonismo puro y duro.

París es una villa con un previsible punto de arrogancia. Nunca había estado en una ciudad tan consciente de su indudable esplendidez, de su belleza. Y eso lo han asimilado los parisinos, que forman parte indispensable de la idiosincrasia del lugar en que viven. Los habitantes de París se han contagiado de la solemnidad de la villa, de esa arrogancia de la que hablaba al principio, y la exhiben delante del visitante, al que en el fondo de su alma compadecen - cuando no desprecian - un poco: es un extranjero, un desdichado al que la vida privó del gozo inmenso de vivir en París. En París, los camareros se conducen como actores retirados. Los taxistas llevan dentro al jinete de un purasangre. Los porteros de los hoteles, a un mariscal de campo. Las dependientas de las tiendas de moda, a la favorita de un rey . Vi a un mendigo borracho discutir con otro usando unos ademanes de príncipe ruso. Quizá fuese un descendiente de aquellos que llegaron a la ciudad tras la revolución, anonadados por el imprevisto cambio de su suerte, desconcertados por la expatriación y la desdicha. Coco Chanel encontró a muchas de las vendedoras de su casa de la Rue Cambòn entre las hijas de los rusos blancos caídas en desgracia: eran muchachas destinadas a casarse con el hijo de un zar y a morirse de aburrimiento y opulencia en una dacha a qunientos kilómetros de Moscú, y en lugar de eso habían aterrizado en una ciudad luminosa y espléndida donde pasaban hambre tras empeñar sus joyas.

En París, los escaparates son un homenaje a la lujuria compradora, al deseo de aquello que podemos tener o que no no tendremos nunca. Los visitantes, también los parisinos, asoman las cabezas ávidasde lujo sobre los escaparates de las joyerías de la Plaza Vendome, y fingen escandalizarse ante el precio de unas joyas que casi nadie está en condiciones de comprar ni de lucir. Pero es imposible permanecer indiferente ante el brillo mortal de los diamantes, la llamada de los zafiros tallados en forma de pera.

Los jardines son en París un premio de lo consolación: la belleza asequible y accesible, la magnificencia a disposición de cualquiera. A veces, los edificios parecen estar ahí sólo para rematar la espléndida factura de los parques. En la Plaza de los Vosgos, uno olvida la la arquitectura para perderse en el agua de las fuentes, lo cual puede parecer absurdo.

Le llaman la ciudad de la luz, y algunos se sorprenden, porque de noche no está muy bien iluminada. Pero lo es. Es la ciudad donde surgieron las ideas que arrancaron para siempre al mundo y a la historia de una oscuridad de siglos. Es la ciudad donde todo empezó al grito de "a las armas, ciudadanos, formad los batallones". Donde hace cuarenta años había quien levantaba los adoquines para encontrar la playa sin sospechar que en el siglo XXI un alcalde brillante iba a disponer una playa casi real en mitad del Sena. Es la ciudad profanada por los nazis, liberada por todos y puesta a disposición del mundo. La ciudad donde alguien se atrevió a colocar una pirámide de cristal delante del museo donde está la Monna Lisa. La ciudad de los cementerios convertidos en hermoso lugar de paseo. De la vida en las calles. La ciudad de los desafíos, todos al mismo tiempo.

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jueves 8 de mayo de 2008

La semana prodigiosa

Y es que eso esta siendo: una semana de esas para recordar.
Ya conté mi jornada del lunes, llena de amigos y reencuentros. El martes se celebró la presentación de "La primera tarde después de Navidad" en Lugo, y ejerció de maestro de ceremonias Xabier Docampo. Yo no le conocía personalmente, aunque había leído hace años su deliciosa "Nube de neve". Xabier hace de la presentación una fiesta y un homenaje a la magia y a los cuentos de hadas. Como no voy a ser capaz de dar justa cuenta de sus hermosas palabras, aquí está el archivo al que podéis acceder para leerlas. Merece la pena
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Fue una suerte poder contar con Xabier y su generosa inteligencia. Todo el mundo lo pasó bien. Luego me fui un rato a ver a mi abuelo, que fue periodista y, de haberse decidido a ello, hubiese sido un espléndido autor de novelas. Está mayor, pero está. Se queja de que no le hago suficiente caso, y yo - que sé cómo es - le contesto que menos caso me hace él a mí. Le prometo que cenaremos juntos en mi próximo viaje a Lugo. Después me tomo una copa con Mara y Sonia.

Al día siguiente, muy temprano, ´Sergio me recoge para llevarme al Instituo "A Pinguela", en Monforte, donde voy a dar una charla a los alumnos. Me ha invitado su director, Enrique Sampil. Siempre es un placer conocer a profesores interesados en aportar a sus alumnos algo más que lo que viene en los prgramas de estudios. Sampil intenta, cada año, llevar a sus chicos a Madrid coincidiendo con la Feria del Libro. Así le conocí yo, en su paseo por el Retiro mientras yo estaba en una caseta, y así surgió mi compromiso de visitarles, justo cuando el centro cumple veinticinco años de vida. Los chicos se portan bien y están atentos a la charla.

A la salida, otro coche me espera para llevarme a Valladolid, donde Begoña Orellana - que gestiona admirablemente bien la Feria del Libro de la ciudad - ha organizado una mesa redonda patrocinada por Ámbito Cultural - El Corte Inglés.
Begoña es un encanto y un prodigio de eficacia: bajo su batuta, todo va como un reloj. Se preocupa de cada detalle y consigue que todo el mundo esté a gusto. Llego con el tiempo justo para comer con Fernando Marías, Silvia Pérez, Fernando Olmeda y la deslumbrante Marta Robles, que acaba de publicar "Diario de una cuarentona embarazada". Marta es un encanto, siempre está contenta... y guapa. Su paso por la calle resulta una verdadera conmoción: rubia, altísima, con hechuras de modelo, es imposible que pase desapercibida.
Con ella y con Fernando Olmeda participo en una mesa redonda sobre periodistas que son escritores. Creo que resulta bien: asisten más de cien personas que parecen divertirse, y si el debate no se alarga es porque la carpa que nos acoge tiene programado otro acto.

Volvemos a Madrid en el AVE. Llevo en mi bolso, para acabarla, una fantástica novela que ha publicado Lumen: "Viajando en Grupo", de Henry Green. Elegante, divertidísima, muy "british", "Viajando en grupo" es una de esas apuestas que uno agradece en las grandes editoriales. Henry Green es un autor de culto, fallecido hace ya treinta y cinco años, y autor de una obra extensa y muy poco conocida en España. De todas formas, la novela deberá esperar, porque dedicamos a la charla todo el viaje de vuelta. Al llegar a casa, Marcial me espera con el Madrid - Barça en la tele (todo un detalle: soy mucho más futbolera que él) y cantamos los goles mientras nos comemos una pizza y llueve fuera. Luego hablamos de París: mañana nos vamos a pasar allí tres días, y hacemos planes sobre las calles que vamos a pasear y los lugares que vamos a ver. Justo antes de quedarme dormida, le recuerdo la frase de Borges: "Las vísperas del viaje son una preciosa parte del viaje".

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martes 6 de mayo de 2008

Volver a casa

Eso es lo que hice hoy. A las nueve de la mañana me metí en un avión que me dejó en La Coruña. De allí, a Lugo, gracias a que mi hermano Paco me hizo de chófer. A las doce vi a mi amigo Pablo Núñez, que está en capilla con su libro, y a las doce y media volví al colegio donde estudié, María Auxiliadora, que antes se llamaba Compañía de María.
Me había invitado mi antigua profesora de química, María del Carmen Arias. Su propósito y el de la actual directora, que me reuniese con los chicos que ahora estudian tercero y cuarto de ESO. El encuentro, en el salón de actos, fue emotivo y gratísimo, al menos para mí. Los chicos - unos ochenta - se portaron de maravilla, e incluso me hicieron preguntas. Al final, la directora me reserva una sorpresa: un ejemplar de la revista "Alborada", donde publiqué mis primeros textos a los once años. Intento disimular que me emociono haciendo bromas sobre la muy escasa calidad del poema dedicado a Rosalía de Castro.

El colegio está distinto, pero guarda recuerdos de otros tiempos: el suelo de mármol negro, la estatua del patio, el tibio color verde de las paredes de la escalera. Por unos segundos dejo pasear la nostalgia, y recuerdo a la niña que fui hace demasiado tiempo. Se me vino a la memoria la imagen de mi madre yéndome a recoger, la de mis hermanos jugando en el patio, la de mis compañeras... y de pronto caigo en la cuenta de que con algunas - Esther, María, Clara, Carmen - no he perdido la pista.

Después quedo a comer con María Novo, que fue mi mejor amiga desde los seis años. Hablamos de muchas cosas. Hace semanas que no nos vemos, pero los días no pasan por las conversaciones y charlamos como si sólo hubiesen pasado horas desde nuestro último encuentro. Tomo un café con Conchita Teijeiro, que convalece de una enfermedad. Está guapa como siempre, alegre y optimista a pesar del susto que la llevó a la UCI y a un encieroo que no desea en su preciosa casa de la calle Quiroga Ballesteros.

Me reúno después con Pepe Cora y Lois Caeiro, que me proponen una colaboración semanal en el diario El Progreso. No hay mucho que hablar: acepto de inmediato y sólo hay que hablar de detalles menores, como el número de caracteres y el título de la columna. Luego hago una visita a las libreras de Souto, que defienden mis libros como si fuesen suyos. Más tarde veo a mis dos tías, Mary y Kety, que en realidad son primas de mi madre, y a las siete recojo a Sonia y pasamos dos horas felizmente instaladas en una terraza. La tarde es raramente templada para un principio de mayo, y los jardines de la Plaza de España están preciosos. Hay flores en los árboles, y el aire huele bien. En Madrid el aire no huele a nada, o huele a asuntos ingratos. En Lugo, en primavera, el viento trae el olor a xesta y a flor de tojo. Paseo por la calle de los vinos con mi padre y mi hermano, y se nos unen unos amigos: Marcial, Celia y su hija Gema. Tomamos cerveza y tapas de cocina mientras se hace de noche y suenan las diez en el reloj del ayuntamiento.

He vuelto a casa



Por cierto, y a quien pueda interesar: a las siete y media, en el Gran Hotel, recojo el Premio Anaya y presento "La primera tarde después de Navidad". La entrada es libre y, por supuesto, estais todos invitados.

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lunes 28 de abril de 2008

Mi nuevo libro


Pues nada, que aquí está la criatura. Mi primera incursión en el mundo de la literatura infantil. Estoy encantada.
El premio se falló en enero. Pero, como quieren hacer el libro antes de publicar el nombre del ganador, tuve que guardar silencio. No hace falta que os diga lo que me costó.Las buenas noticias hay que soltarlas cuanto antes.
El premio se va a entregar en Lugo el próximo martes. Es un acto itinerante, que cada año tiene como marco unaciudad distinta. Este año querían Galicia, y yo me puse pesada - de hecho, MUY PESADA - para que fuese en Lugo. Por muchas razones. Pero, sobre todo, porque es un modo de que se hable de la ciudad.
No tengo mucho más que decir, salvo que estoy muy contenta y deseando ver el libro en las librerías... y, sobre todo, en manos de los niños. Para ellos está escrito.

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Fiesta del Libro en Dosbarrios




El sábado, después de hacer el programa de radio, me fui a Dosbarrios con Fernando Marías. Dosbarrios es un pueblo pequeño (MUY pequeño) de la provincia de Toledo. Está a tres cuartos de hora de Madrid, y tiene dos mil quinientos habitantes. Por eso, cuando Fernando me pidió que me reuniese allí con las socias de un club de lectura, le contesté que bueno, pensando que íbamos a tener un agradable encuentro con media docena de señoras, y punto. Los índicesde lectura de la piel de toro no dan para mucho más. Pero me equivoqué, y ahora os cuento lo que pasa en Dosbarrios.




Nada más llegar nos fuimos a comer a casa de Marina, la bibliotecaria, y de su marido, Pedro. Arriba está la prueba. Pasamos mucha hambre: de entrantes, verduras en fritada (alcachofas, coliflor, espárragos y pimientos) y croquetas de marisco. De segundo, caldereta de cordero. Después, conejo en salsa, especialidad de Pedro. El conejo estaba bueno, pero lo de la salsa era milagroso: daban ganas de pasar el resto de la vida haciendo sopitas. Para acabar, chuletas decordero al sarmiento. Y tiramisú.´Casero. Como todo.


Cuando, en el café, hablamos un poco del acto de la tarde y Marina me contó que el club de lectura tiene cien socias, pensé que la digestión del banquete me había nublado las entedederas. Pues no. Cien socias. Y el nuevo club de lectura para hombres cuenta ya con quince afiliados. Así que en Dosbarrios los índices de lectura barren la media nacional.


A la reunión literaria asistieron ochenta personas, ahí es nada.Servidora está acostumbrada a hablar para auditorios de veinte, treinta almas reunidas en ciudades muchísimo másgrandes que DosBarrios. Así que al ver el salón de actos casi lleno siento un brote de confianza hacia el ser humano.
Marina, Isabel, Rosario y otro grupo de mujeres sacan tiempo de sus trabajos y sus familias para promover la cultura en el pueblo. Han montado una modesta biblioteca y a ella arrastran a todo el que se deja, incluso a unas cuantas mujeres iletradas a las que han enseñado a leer. El pueblo no tiene librería, ´de ahí la importancia de un buen servicio de préstamo, pero, a pesar de todo, Marina insiste en la importancia de que en las casas haya libros. Por eso, una vez al año, montan una venta solidaria de volúmenes al precio simbólico de un euro. El pueblo y la biblioteca reciben muy escasas ayudas del gobierno central y poca cosa de la administración autonómica. Se apañan solos, a base de pequeñas donaciones particulares, buen ánimo y mucho esfuerzo, y el apoyo del ayuntamiento y la alcaldía, cuya concejal de cultura es el director de laEscuela de Música. Sí, sí, DosBarrios tiene escuela de música. El ochenta por ciento de los niños del pueblo saben tocar algún instrumento. ¿A alguien más le da envidia?
Cada año, el ministerio de cultura se gasta indecentes cantidades de dinero en promocionar la lectura con anuncios, carteles y zarandajas que cuestan una pasta y valen para bien poco. ¿No sería mejor apoyar materialmente iniciativas como la de DosBarrios? ¿No hay nada que podamos hacer para convertir otros pueblos españoles en una sucursal de DosBarrios?
Volvemos a Madrid cerca de lasnueve de la noche. Estoy más bien cansada, porque llevo en danza desde las ocho de la mañana. A las nueve me reunía con un productor de la televisión belga que va a hacer un programa sobre Madrid. La hora la puso él, y yo no me atreví a decirle que en Madrid nadie pone reuniones a las nueve de la mañana de un sábado. Así que me fui alhotel de las Letras a tener una reunión de una hora.Y encima en inglés. El caso es que por la noche estaba derrengada, pero a pesar de eso me fui a cenar con unos amigos y con Marcial. Habíamos hecho la reserva en "Indochina", un oriental muy aparente que está cerca de casa. Cuando nos sentamos me acuerdo de que Eva pasa tres semanas al mes en Seúl
- Ostras, qué fallo
- ¿Por qué?
- Porque supongo que estarás hasta el gorro de comida oriental
- A ver si te crees tú que Asia es como las Rozas.
Tomamos langostinos con carne, samosas, teriyakis y arroz. Luego nos quedamos enla mesa arreglando el país hasta que nos dimos cuenta de que los pobres camareros estaban esperando a que nos marchásemos para echar el cierre. Así que nos fuimos al Cock a seguir hablando de la crisis.
Con crisis o sin ella. el Cock estaba a tope. El portero nos dejó pasar en en honor a las muchas copas que hemos pagado en un local famoso por la antipátía de sus camareros y la excentricidad antipática de su dueña, que se pasea por el local quitando chaquetas de los respaldos de la silla y echando broncas si alguien hace fotos. Cada vez que voy al Cock, me juro no volver. Una vez, Martín Casariego y yo estuvimos de boicot un mes largo.
- Nosotros no vamos al Cock
- ¿Por qué?
- Porque la copas son carísimas y nos tratan a patadas.
La cosa tuvo éxito hasta que un día Martín me confesó que había sucumbido a la tentación y había regresado al lugar prohibido.
- Eres un esquirol
- Es que iba con mucha gente.
- Y un cobarde, Martín, tío. Un boicot es una boicot.
- Ya...
El caso es que, como un boicot en soledad es más bien una paranoia, yo también regresé al Cock. Los cócteles están bastante más flojos que en Del Diego, pero se dejan beber. Los techos son altos, el ambiente es bueno y casi siempre hay sitio para sentarse. Así que, con sus camareros malencarados y su dueña rarita, el Cock no es un mal sitio para un sábado por la noche. Sorbiendo mi Tom Collins (ginebra, azúcar y limón), me dio por pensar que índice de lectura habría en ese momento en el local. Y me di cuenta de que, en cualquier caso,era mucho más bajo que el de DosBarrios.

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domingo 20 de abril de 2008

En Llanes


Pues sí, nos fuimos a Llanes a entregar el Premio de Literatura de Viajes, del que soy jurado, a Gustavo Martín Garzo. Su "Viajes de la cigüeña" es un libro conmovedor y tierno con el sello personal de su autor. Aquí estamos Gustavo, Rosa Regás y yo, mirando al mar Cantábrico.

Viajamos juntos Fernando Marías, Silvia Pérez, Pedro Páramo y el premiado. En el aeropuerto recogemos a Rosa Regás, que llega de su dorado retiro en el Ampurdán. Dice que tiene agujetas después de pasarse los últimos días desmontando su casa de Madrid.

Asturias está verde y hermosa. Una lluvia tenaz nos ameniza el viaje hasta Llanes, donde nos encontramos con Ramón Pernas y Mónica, de FEVE. No son más de las onces, y la ruedade prensa es a la una, así que entretenemos la espera en el bar Penín, entre cafés y bocadillos de tortilla. Normalmente, aprovechamos el tiempo libre para dar paseos, para la lluvia aborta cualquier tentativa de salir al exterior. En el Penín el ambiente es cálido y los bocadillos saben como los que preparaban las madres después del colegio


Tras la rueda de prensa nos vamos a comer. El almuerzo del Premio de Llanes es una de las mejores tradiciones previas al día del Libro: se realiza en un restaurante con vistas fabulosas a una playa, y las sobremesas se alargan hasta bien entrada la tarde. Pruebo una receta sublime, patatas rellenas de marisco que comparto con Rosa Regás, y dejo clara mi determinación de no invitar a nadie a los frisuelos con crema que he pedido de postre. Hablamos de muchas cosas, pero sobre todo de libros y de películas. El jefe de prensa del ayuntamiento nos cuenta que, esde que se rodó en Llanes "El Orfanato", se han multiplicado las visitas a la villa de curiosos que quieren fotografiarse junto al inquietante caserón donde se rodó la película.
Luego, con los cafés y la copa de orujo, hasta hay quien se anima a contar chistes. Luego, ydespuésde mucho tierarle de lalengua, Rosa Regás se anima a evocar algunos recuerdos de la etapa de la "gauche divine", cuando García Márquez y Vargas Llosa le cantaban "Rosa Regás, qué buena estás". Ramón Pernas insiste en dejar claro que Rosa era una de las más deslumbrantes bellezas de la Barcelona de los cincuenta. Ella dice que para guapa, su madre y luego nos cuenta un delirante viaje en vespa desde Barcelona a Cadaqués, y entonces me resulta difícil tener presente que Rosa tiene setenta y cinco años, quince nietos "y dos bisnietos". me apunta. Tiene el rostro surcado por arrugas en claro desafío a todas las contemporáneas que han sucumbido a los cantos de sirenas de la cirugía. La verdad, no me imagino a Regás pasando por un quirófano paraestirarse la piel sabia, curtida de vida intensa, de años de experiencias, de sabiduría. Se habla de muchas cosas, pero, para echar por tierra la leyenda negra de la mutua crueldad de los escritores, nadie habla mal de nadie.
Luego, antesde salir, Fernando,Gustavo y yo damos un paseo por la playa. Armado con la cámara, Marías está empeñado en hacernos un reportaje gráfico. "Mirad hacia el mar, no, mirad hacia la arena, ahora que Marta se quite le gorra, pero no miréis a mí, vosotros pasead como si yo no estuviera". Tengo poca paciencia para las fotos: "Fernando, hijo, cómprate una cámara como es debido y vete al Líbano a ser reportero". A Gustavo le fascina una extraña formación rocosa que hay al final de la arena, y que parece un ejército de hombres petrificados. Se aleja hacia allí,mientras rompen las olas y brilla por primera vez en todo el día un sol radiante que arranca a la arena húmeda un brillo particular.
A las siete nos recoge una furgoneta para llevarnos al aeropuerto. Viajo en la parte trasera, junto con Gustavo y Rosa. Rosase duerme, y adquiere un aspecto plácido que multiplica su condiciónde abuelo. Gustavo y yo hablamos en susurros para no molestarla. Es un tipo estupendo, Martín Garzo, tan inconsciente de su talento que resulta conmovedor. Nos contamos cómo abordamos nuestros libros, y estamos de acuerdo en la importancia que para ambos tiene el dar con una buena historia. Gustavo me confiesa su devoción por algunos personajes suyos "a veces pienso, qué pena que no hayan dado con un escritor mejor para sacarles más jugo".
En el aeropuerto, Pedro Páramo insiste en que tomemos un gintonic para rematar el día. Rosase resiste, pero tras ceder acaba reconociendo lo bien que le sienta esa copa, que es el mejor remate para un día feliz de conversaciones y de amigos. Para que luego digan que los escritores sufrimos mucho.
Por cierto, que luego hay quien me dice que no aviso de las cosas: el 23 de abril, día del libro, participaré en actividades literarias organizadas en Madrid. A las cinco estaré en el Café Central para participar en una tertulia sobre Umbral con Montero Glez y Raúl del Pozo. A las siete firmaré libros en la Librería Pérgamo, en General Oraá, y a las ocho y media haré lo propio en el vips de Princesa. Y el resto del día, ya veremos, porque se han programado decenas de actividades con las que Madrid amplía la fiesta del Libro.

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